Friday, Jul 30, 2010

Cómo duele decir adiós


“Vivir, desde el comienzo, es separarse”, dice Pedro Salinas en uno de sus más certeros versos. La buena poesía se amolda con exactitud a los pliegues del alma y es posible descubrir en palabras ajenas percepciones que desde siempre nos agitaron, pero que nunca hasta este momento habíamos logrado forjar en un claro concepto. Pasan los días, la gente querida y la otra; pasan los proyectos, los sueños que alguna vez concebimos y que hoy se han concentrado en hechos o son apenas una frustración; pasan los gobiernos, las costumbres, los vínculos. Pasamos nosotros.

Desde el momento en que somos concebidos, ya estamos pasando, y pasando seguimos en cada despertar, con las primeras letras, en el descubrimiento de que nuestro cuerpo va cambiando, al formar una familia, al desformarla, en la elección de la carrera o del oficio; también cuando vamos, uno a uno, enterrando a nuestros muertos y ocupamos un nuevo lugar en la familia, el lugar que también pasaremos.

Todos pasamos. “To pass away” como llaman los ingleses, como esa economía práctica de la muerte que se convierte, por obra de las palabras, también en una forma de pasar. No nos han enseñado a despedirnos. Por el contrario, crecemos en una falsa creencia de que hay cosas que son para siempre.

Y en eso radica nuestra seguridad. Pero, cuando esa perdurabilidad falla (como indudablemente fallará), sentimos que el agobio y el fracaso y el miedo a quedar, de golpe, a oscuras y perdidos. Es ésta una cultura de lo fijo que nos entrena para lograr estabilidad, que hace de esa estabilidad una precaria condición de triunfo.

Pero que, mal que les pese a los fabricantes de las certezas, constituye una paradoja arraigada en una realidad de fluidez, el concepto de lo líquido que tan bien ha estudiado Zygmunt: “el hecho de que la estructura sistémica se haya vuelto remota e inalcanzable, combinado con el estado fluido y desestructurado del encuadre político de la vida, ha cambiado la condición humana de modo más radical y exige pensar en viejos conceptos.”

Aprender a decir adiós debería ser una de las primeras lecciones de la vida. Ir  Dios, hacia Dios, con Dios, es decir, marchar rumbo a lo absoluto, esa instancia de tiempo y espacio cuando volveremos a la nada y al todo desde donde venimos. Pensar en esto da miedo. Resistirse da impotencia. Buscar con afán la plenitud de cada instante es lo único que nos queda ¡pequeño desafío! ¡Cómo si fuera fácil! No lo es, claro que no. Pero es en el intento, en el no quedarse, en el andar donde vamos descifrando nuestras dignidades.

Reflexión de Claudia Amengual

publicado el December 15th, 2008 por PatriciaApoj
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